LAS REINAS DEL ORINOCO

Capítulo del libro 25 años de Alquibla Teatro dedicado a este espectáculo. Pág. 132 a 137.
Alba Saura


1997 LAS REINAS DEL ORINOCO

“(…) Y allí, sobre los carbones, quedaron doce chispitas rojas, que ascendieron por el tubo sucio y negro de la chimenea. Doce chispitas rojas que salieron en torbellino a la noche, dejando atrás el humo, para confundirse con las estrellas. Y las doce decían: no se ha acabado nada. Falta lo más hermoso todavía”.


Nadie recuerda bien el día en que Javier Mateo recomendó a Saura Orinoco de Emilio Carballido, aunque sí reconoce este último que, fuese cuando fuese, no la leyó en el momento ni el lugar adecuado. Su primera lectura arrojó la siguiente interpretación: “una divertida comedia musical, para dos actrices. Muy económica de medios y fácilmente vendible”. Y a pesar de ser buenos argumentos, personalmente se encontraba en otro estadio. No fue el caso de Esperanza, la segunda en leerlo, ni de Lola, que lo recibió de manos de la anterior. Entre ambas realizaron la mayor confabulación conocida contra un director: en febrero del 97 le escriben algunas notas acerca de la obra. Ellas ya lo estaban urdiendo todo durante la estancia de Saura en Madrid.
Más o menos inventado, quiero pensar que fue así: una noche fría y triste, recostado sobre la cama del lúgubre hostal de Callao en el que se hospedaba, experimentó una profunda emoción al releer nuevamente el texto. “Descubro en Carballido a Beckett (¡siempre Beckett!) y a Didi y Gogo que esperaban a Godot, pero con un apasionante cambio de sexo: ahora son Mina y Fifí las que esperaran mientras pasa la vida, a Orinoco. Y también en la espera, juegan. Y su juego está lleno de canciones divertidas… y tristes, y está lleno de risas y lágrimas. Porque están solas, pero se tienen mutuamente” (Antonio Saura).
            Dice kalhil Gibrán: “Vuestra alegría es vuestra tristeza sin máscara. Y el mismo manantial de donde mana vuestra risa, ha estado frecuentemente lleno de vuestra lágrimas.” Tal vez en esto nos apoyamos Lola y yo cuando, en una época verdaderamente difícil, decidimos adaptar juntas el texto de Carballido e intentar convencer a Saura para que emprendiésemos este viaje por el Orinoco que, como a estas Reinas, podría llevarnos a buen puerto o seguir dejándonos a la deriva. No había nada que perder y tal vez, todo que ganar”. (Esperanza Clares)
            “Conseguimos convencerlo. Éramos dos contra uno, pero sobre todo ya éramos Las Reinas, porque, todo hay que decirlo, nos enamoramos de ellas antes que él” apunta Clares. “Nos fascinó porque eran dos actrices, como nosotras; porque querían un  precioso vestuario, como nosotras; porque cantaban y ensayaban, como nosotras; porque estaban perdidas en medio de la inmensidad, como nosotras; porque se querían y se defendían mutuamente, como nosotras; porque en ese momento, sólo se tenían la una a la otra, y a un negrote lindo (el director), como nosotras” añade Lola.
Así que entre los tres decidieron arrebatarle la máscara a la tristeza: Lola Martínez sería Mina y Esperanza Clares, Fifí.
            “Podía parecer absurdo querer representar a esas dos artistas que, sin remedio, estaban abocadas al fracaso y a la miseria. Sin embargo, era tal la ternura que las dos despertaban, que hicimos causa común y decidimos no permitirlas caer en el olvido. No fue difícil hacerlo; nos bastó con dejarlas hablar para que ellas mismas, al final del texto, nos proporcionasen su salvavidas y por ende el nuestro: “No se ha acabado nada. Falta lo más hermoso todavía”. Durante el primer ensayo, grabamos a fuego este lema en nuestra piel, para que pudiera leerlo todo aquel que estuviera dispuesto a entenderlo. (…) Cuando pensamos que trabajaríamos juntas y solas, sabíamos que podríamos compartir todos los placeres del escenario, todos los dolores y esfuerzos de los ensayos y todas las dudas que en cualquier proceso creativo surgen. Pero lo que nunca se nos ocurrió pensar es que nos adentrábamos en la mayor experiencia interpretativa imaginable: debíamos compartir personaje. Encerrados los tres, actrices y director, en nuestro local de ensayo de la calle Galicia, casi en el centro de Murcia y en perfecta comunión, comenzamos por reconocer el hecho más evidente: Mina y Fifí eran una misma persona, el haz y el envés de una hoja, la cara y la cruz de una moneda. Mina no se sustentaba sin Fifí y Fifí se diluía sin Mina”. (Esperanza Clares)
“Así que acometimos la tarea de creación del personaje pensando siempre en esa dualidad. Pero, para conseguirlo, tuvimos que trabajar duro, a sabiendas de que la intimidad de los tres sería como recibir clases particulares, con el director para nosotras solas, para corregir cualquier defecto, para ayudarnos ante cualquier duda, para llevarnos hasta un puerto seguro, que es precisamente lo que hizo”. (Lola Martínez)
            “Del propio concepto de Comedia Amarga, obtuvimos la base interpretativa que nos guió en los ensayos en la búsqueda de esta común identidad. La soledad compartida y el fracaso inconfesable componían el trasfondo psicológico de Mina y Fifí; el forzado glamour, la fingida frivolidad y la aparente simpleza de pensamientos debían caracterizar su comportamiento; la sublime elegancia, acompañarles físicamente; la ternura, el amor entre ambas y las risas y llantos compartidos, enternecer al público; el humor permitirles digerir todos estos ingredientes sin que pudiesen apreciar el dolor que su ingestión les había provocado, al menos hasta que hubiesen conseguido salir del teatro. (…) Y empezamos por componer lo físico, desde la lógica constructiva que psicológicamente las dos nos marcaban: si ellas querían “ser en apariencia” antes de “mostrarse en realidad”, nuestro camino debía ser el mismo.  (…) Para ello, Saura nos remitía a fluidez (la propiedad de los cuerpos cuyas moléculas tienen entre sí poca coherencia, y toman siempre la forma del recipiente donde están contenidos, como la fluidez del agua y la facilidad y soltura para hacer algo, o para realizar un movimiento.), a la voluptuosidad de movimientos, a la belleza expresiva de las manos y al contoneo en el caminar; pero también nos pedía momentos de brusca ruptura de esta perfección física, en contraste y demostración de que estos comportamientos no formaban parte de la naturaleza de los personajes, sino que habían sido adquiridos por observación y mímesis; una ruptura que acentuase el humor tanto como evidenciase el patetismo de su realidad. (…) Los momentos marcados por el texto o indicados por Saura en los que la superficialidad debía desgarrarles las entrañas, eran precisamente aquellos en los que Mina y Fifí nos mostraban su yo más profundo, el dual y complementario. La palabra desgarro era la que mejor definía el profundo vacío que debían llegar a sentir y transmitir; porque el dolor siempre es verdadero, mientras que la risa puede ser, y en el caso de ellas lo era, en muchas ocasiones como única escapatoria, totalmente fingida. (…) El director nos proponía reflejar esa complementariedad desde una actitud positiva, menos reflexiva y más frívola en Fifí, frente a un negativismo racional en Mina. Del contraste entre ambas surgía una enorme comicidad. A la dualidad solo llegaríamos desde la aceptación mutua de la realidad a través del dolor o del amor de la una hacia la otra. Podíamos sentirnos individualmente vacías, pero siempre estaríamos unidas en un solo ser. Podríamos no reír a la vez, pero siempre lloraríamos juntas. (…) El canto a la esperanza de la última frase del texto, nos proporcionaba el respiradero que nos impedía, a las cuatro, a Lola, Esperanza, Mina y Fifí, ahogarnos en este amargo humor. (…) Y porque no había acción, sino acciones que hacían sobrellevar el paso del tiempo, debíamos lanzarnos en el sentido más puro e infantil de la palabra al juego; un maravilloso juego escénico que nos llevaba a ensayar nuestros números musicales, imaginar nuestro debut y rememorar nuestros inexistentes éxitos pasados. (…) Artísticamente, debíamos bailar y cantar en directo, con el mejor resultado posible, evocadores boleros, tangos y swings. Las efectivas coreografías de Benito Rubio y nuestra experiencia en el musical de épocas anteriores nos declararon solventes en este aspecto, pero igualmente debíamos conseguir que la conjunción entre las coreografías, el texto y las interpretaciones en directo de las canciones, fuese técnicamente perfecta. Y lo hicimos.  (…) Conseguimos ser un solo personaje en lo humano y en lo profesional. En lo humano, porque éramos amigas desde niñas (fuimos juntas al colegio e incluso coincidimos en la misma clase los cuatro años del antiguo bachillerato) y compañeras de trabajo desde hacía 13 años; en lo profesional, porque ya teníamos plena conciencia de lo que era mirar, escuchar y caminar como acción – reacción”. (Esperanza Clares)
            “La concepción escénica de Saura certificaba esta dualidad y complementariedad, a través del paralelismo, simetría o simultaneidad de movimientos milimétricamente marcados; la cubierta de aquel barcucho se convertía en un damero en el que nos deslizaba con sutileza; así lo alabó la crítica y así lo disfrutamos nosotras que, acostumbradas a la disciplina y el rigor de nuestro trabajo, paladeamos siempre esta minuciosidad escénica que le caracteriza”. (Lola Martínez)
            “Un crítico dijo de Saura, con intenciones halagadoras, que su mano era inapreciable ya que nos dejaba campar a nuestras anchas, consciente del diamante en bruto que tenía entre sus manos. No pudo errar más en su afirmación. Si algo caracterizó y caracteriza sus direcciones es la meticulosidad con que compone el movimiento como parte de un todo escénico que él y sólo él diseña, visualiza y maneja a través de un absoluto control escenotécnico, para el que son necesarios sus cinco sentidos y los nuestros; un paso más o menos puede condicionar toda una escena y descabalar el trabajo de todo un equipo técnico y artístico (en Alquibla, tan importante uno como el otro); lo sabemos y procuramos que eso no ocurra. (…) El término inapreciable es para Saura, el menos correcto de cuantos le han aplicado; para los actores de Alquibla una desconsideración a todo el minucioso trabajo realizado durante el período de ensayos”. (Esperanza Clares)
“Y en el resultado final de personajes, no puedo desligar el maravilloso vestuario de Paco Beltrán (uno de los mejores de la historia de Alquibla). Sus maravillosas batas con metros y metros de tela que volaban al compás de los enormes ventiladores que nos embellecían tanto como nos acatarraban, favorecían la voluptuosidad que Saura nos pedía; su homenaje a Josephine Baker con aquellas faldas de plátanos y aquellos casquetes de frutas, nos permitían aproximarnos a la sensualidad del Tumulte Noir, como apodaban a la Baker; la decena de zapatos de diferentes formas, colores y alturas que llegábamos a usar y que llegaron a alcanzar un protagonismo escénico inusual, podían hacernos caminar con elegancia o divertida torpeza y las enormes pestañas postizas con las que no llegaba a terminar nunca una representación, conseguían languidez o expresividad en nuestra mirada y cierto expresionismo en nuestros gestos”. (Lola Martínez)
            “Así que nuestras reinas navegaron tanto como rodaron y nos recordaron de nuevo a Gibrán cuando en sus enseñanzas decía: “la alegría y la tristeza son inseparables. Llegan juntas. Cuando es solamente una la que se sienta con vosotros a la mesa, recordad que la otra se encuentra dormida en vuestra cama”. (Esperanza Clares)
Las Reinas del Orinoco se estrenó en el Festival Teatro y Humor de CajaMurcia, el 24 de mayo de 1997, con el incondicional apoyo de Alfonso Riera, y desde ese día ya teníamos confirmada nuestra participación en la Semana Grande de CajaMurcia, con un buen número de representaciones. Seguro que Alfonso no era conocedor del difícil momento económico por el que pasábamos. Ese fue el inicio de nuestra larga travesía por todo tipo de espacios”. (Esperanza Clares)
Un mal trago. El sábado 12 de julio se realizaba el montaje escenotécnico bajo un sol asfixiante. A media tarde, protegidos a la sombra de un café, la televisión daba la angustiosa noticia: el joven Miguel Ángel Blanco había sido asesinado. La representación fue suspendida.
“Las propias actrices afirman que Las Reinas les enseñaron casi todo lo que saben de la vida, al obligarlas a vivir durante algunos años, sobre aquel barco, a la deriva, y en primera persona, los llantos más amargos, la impotencia, el desprecio y el frío de salas inhóspitas, de bocadillos malcomidos en las gasolineras, de actuar, descargar y montar. Pero también aseguran que Mina y Fifí sabían muy bien lo que hacían. Querían, a través de ellas, revelarse contra Carballido que, a pesar de dejarlas pensar que lo mejor estaba por venir, no les permitía disfrutar de las mieles del éxito. Así que al dejar que Lola y Esperanza les dedicaran una vida a sus miserias, les obsequiaron con otra vida de grandes teatros, largas giras, excelentes críticas y felicidad absoluta. Fue una gran suerte conocerlas. Con ellas llegaron por primera vez a Madrid, al Festival Argentaria en el Círculo Bellas Artes en 1998, de la mano de José Manuel Garrido (director del festival) y del apoyo firme de Miguel Ángel Centenero (Director General de Cultura.) Con ambos brindamos tras el estreno por el éxito en Madrid, y hoy les seguimos estando muy agradecidos”. (Antonio Saura)
            Esperanza nunca olvidará la primera mañana de su estancia en Madrid, cuando “al entrar las dos solas al comedor del hotel para desayunar (el resto del equipo ya estaba preparando el montaje en el teatro) comenzó a sonar el bolero Frenesí, el mismo que nosotras cantábamos en el espectáculo. Lloramos y reímos, porque supimos que estas “Reinas” harían historia. Cuando llegamos al teatro, celosas de nuestro barco, pedimos ser nosotras mismas quienes montásemos la escenografía. El maquinista, Carlos Lorenzo, de quien aún hoy somos buenos amigos, nos lo impidió y nos quiso desde ese mismo momento, tanto como nosotras a él”.
            Días después de su presentación en Madrid, el primer número del cultural de La Razón, era presidido por la extraordinaria y bella crítica que firmó el premio nacional de poesía Jaime Siles, ¡Inolvidable! De su estancia de dos semanas en el Teatro del Mercado de Zaragoza, ambas recuerdan el modo en que añoraban a sus hijas, tanto como aquella brillante y definitoria frase del crítico Fernando Ardú que decía: “en este espectáculo, lo sublime, corre parejo con lo vulgar…”. También la crítica las recompensó con su beneplácito.
            El dosier de prensa del espectáculo es uno de los más vastos de la trayectoria hasta el momento. La lectura de las numerosas críticas resulta un baño de vanidad. Especialmente emotiva resulta la de María Dolores Orenes, que siempre permanecerá en nuestro recuerdo aunque ya no esté entre nosotros: “Amigas, madres, hermanas y amantes, actrices hasta el fin, haced saber al mundo pequeño y grande que vosotros y Alquibla Teatro con Antonio Saura y muchos otros, poseéis los ricos manantiales de saber actuar y unidos a los buenos momentos que nos ofrecéis podamos compartir el agrado de vuestras excelentes interpretaciones escénicas” (La Opinión de Murcia, 21 de marzo de 1998.)
            “El éxito de Las Reinas fue el éxito de dos actrices: Esperanza y Lola, Lola y Esperanza. Fue toda una lección de interpretación y de revelación de talento. Ellas escribieron mi libro sobre el arte de la interpretación, que aplico en cada nuevo montaje desde entonces. Todo lo que sé de interpretación se lo debo a ellas. Pero por encima de todo, les debo a ambas el haberme ayudado a renovar la ilusión perdida y a ser feliz”. (Antonio Saura)
            La última representación de ese espectáculo se realizó el 8 de marzo de 2004 en la Casa de la Cultura de Las Torres de Cotillas (Murcia), gracias Consuelo, ¡ocho años después! Y ahora, quieren dejar constancia pública de su promesa: volverán a ser Las reinas del Orinoco cuando tengan 60 años (si pueden resistir la tentación de no volver a serlo antes).
            Porque Las Reinas del Orinoco, a pesar de ser un espectáculo de formato mucho más reducido que el de las producciones de la última etapa de la compañía, de mayor sencillez escenotécnica y menor nivel de producción, se escribe con mayúsculas en la trayectoria de Alquibla. La trayectoria ascendente y el aumento cualitativo y cuantitativo de la compañía no volvería a dar un solo pasa a tras.
Alba Saura, junio, 2009
25 años de Alquibla Teatro

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